Cuentan que hace mucho mucho tiempo, los grupos humanos eran matriarcados, grupos donde la responsabilidad de las decisiones estaba en manos de mujeres, de las matriarcas. De esta época hace tanto que ni conseguimos ubicarla en la línea de la historia.

Pero lo que sí ubicamos rápidamente es el papel masculino a lo largo de los siglos. Desde la Edad Antigua, donde la mayoría de los filósofos tenían nombre masculino, hasta nuestros días, muy progres nosotros, pero donde del 100% de las personas que dirigen empresas importantes en el mundo, menos del 20% son mujeres… tanto no ha cambiado la historia.

En ese “trueque” que realizó la humanidad de roles, los hombres se quedaron con los roles de poder dirigir, de poder conquistar territorios, de mantener económicamente a su familia, de tomar las decisiones importantes, de salvadores de las mujeres de su alrededor, de ser duros e impertérritos, de ser valientes, de emprendedores…

Entre muchos otros atributos, mientras que las mujeres se quedaron con los  roles de ser tiernas, de ser comprensivas, de ser cuidadoras, de ser mimosas, de poder expresar y airear sus sentimientos libremente, de ser responsables de la parte emocional de los hogares, entre otros muchos más atributos femeninos.

Las mujeres se quedaron con los  roles de ser tiernas, de ser comprensivas, de ser cuidadoras

Durante este “trueque” los hombres ganaron todos los atributos masculinos, de los que están tan orgullosos, pero se tuvieron que desprender de los atributos femeninos.

Se desprendieron de tal forma de todos los atributos que no estaban en su listado de haberes varoniles, que llegaron a sentir vergüenza si alguno de estos atributos femeninos se les escapaba.

De igual forma, durante años, las personas encargadas de mantener el status quo de la sociedad, segaban de raíz cualquier brote de atributos masculinos que pudiera presentar alguna mujer intrépida.

Esa siega de atributos “masculinos” en las mujeres se podía producir de muchas formas, según la época de la historia a la que nos remontemos y la perversidad de los sistemas de castración que se permitieran.

Podían quemarnos si utilizábamos plantas para curar, por ser brujas, o podían ningunearnos si decidíamos montar un negocio sin el amparo de un macho dominante, si la hoguera era considerada, como medida de control, un poco exagerada.

Podían quemarnos si utilizábamos plantas para curar, por ser brujas

De la misma forma, los hombres pagaron un precio altísimo por sus atributos masculinos. Tuvieron que desprenderse de las muestras de cariño en público, del afecto hacía seres queridos, de manifestar emociones, entre otros muchos atributos femeninos que no podían utilizar.

Afortunadamente, en la actualidad, la sociedad ha comprendido que todas las personas nacemos con un arsenal de atributos que no tienen sexo.

Atributos de coraje y valentía, mezclados con atributos de sensibilidad y amor por los cuidados… y, sobre todo, hemos comprendido que el sexo de tu nacimiento no determina los dones que te caracterizan, ni los condiciona.

Esto es maravilloso. Realmente maravilloso.

A raíz de esta toma de conciencia de que todos los seres humanos podemos desarrollar libremente los atributos y los dones con los que hemos nacido, encontramos mujeres que toman las riendas económicas de su hogar, encontramos hombres que se dedican al cuidado de sus descendientes, independientemente de aquel “trueque” absurdo que se hizo en algún momento de la historia.

Digo que es maravilloso, y realmente lo pienso porque, amputar a una mujer la posibilidad de desarrollar su faceta profesional totalmente, por el mero hecho de ser mujer, es una barbaridad, pero no es menos aberración eliminar de la paleta de emociones el llanto, la tristeza, la vulnerabilidad de los hombres, por el mero hecho de serlo.

No puedo imaginar como sería mi vida, si por el hecho de haber nacido mujer me prohibieran manifestar mi alegría con risas, públicamente, sería horrible, evitar a toda costa mostrar alegría.

De igual forma, no puedo imaginar lo que deben de sentir esos hombres, que no se permiten llorar libremente cuando están tristes, por el único hecho de ser varones.

no puedo imaginar lo que deben de sentir esos hombres, que no se permiten llorar libremente cuando están tristes

En el feminismo que yo creo, de los muchísimos que existen y donde todos son importantes, reivindico mi hueco como mujer, como profesional, como pareja, como madre y como hija, como amiga, como activista, como mil facetas más… lo revindico para mí y para mis compañeras.

Pero de igual forma y con la misma intensidad, revindico para los hombres el poder vaciar sus emociones, el dejar de pensar que perderán virilidad si muestras los sentimientos, revindico para ellos esos atributos “femeninos” que tienen dentro de sí mismo, y que aún les cuesta dejan salir a la luz.

La diferencia entre seres humanos no radica en el par 23 del ADN, en sí eres XX o XYCuantos más hombres entiendan que la diferencia entre seres humanos no radica en el par 23 del ADN, en sí eres XX o XY, sino que cada persona es diferente de todas las demás y tiene su “haber” de características, más hombres entenderán que la sociedad entera está llamada a colaborar conjuntamente para desarrollar plenamente todas las habilidades y dones de cada una de las personas que la componen.

Y entonces será cuando nos dedicaremos a hacer una sociedad justa, donde todas las personas somos iguales y diferentes, y disfrutaremos enormemente de esa situación.