¿Se han dado ustedes cuenta de que las VERDADES vuelan? No son rastreras, no toman a bien las rozaduras con los pedregales y las zarzas. Quizá por eso nos resulta tan complicado observarlas en su calma reposada.

Tampoco pican los ANZUELOS de quienes pretenden recluirlas en sus cestos particulares; el encorsetamiento con dichos mimbres y los cocinados posteriores desvirtúan sus características hasta hacerlas irreconocibles.

Uno llega a pensar que los vuelos tienden al infinito, aunque algún contacto tendrán con los terrícolas, porque de vez en cuando atisbamos sus SEÑALES anunciadoras de su paso, que percibimos con variaciones.

Son inquietantes las escapadas de las verdades, las perdemos de vista con frecuencia, mientras los SUCEDÁNEOS nos impregnan de lastres pesados. El desasosiego nos agita entre el desánimo o el acicate renovador.

Vemos todo esto con nitidez en la panorámica de los parlamentos públicos, la frivolidad en las aglomeraciones, en pantallas o sillones mullidos, donde privan las voces engoladas. El insospechado SOBREVUELO de la verdad reconforta, por encima de los decidores presuntuosos o cantamañanas.