Muy pronto percibió el estancamiento de las aguas, nubes de insectos, olores persistentes, con la consiguiente insatisfacción. La inquietud le corroía, cuando advirtió la BARCA solitaria, dispuesta, como seductora puerta abierta.

Subió tentando la estabilidad, comenzó a remar en un avance lento, atisbando los alrededores. La potencia de sus movimientos ampliaba las posibilidades, decidía el RITMO de sus descubrimientos. Comprobaba el resultado de sus ansias.

Mientras el agua se agitaba, valoraba el atractivo de las novedades, las sorpresas, con algún sobresalto amenazante. Las OPCIONES conducían a caminos contradictorios. Las satisfacciones estaban entreveradas de frustraciones, de nuevos riesgos.

Quedarse quieto no disminuía la intranquilidad, el ambiente era INESTABLE. Para complicar las cosas surgían muchos navegantes, incluso con barcas enormes y abundantes sugerencias, aunque sin resolver la inseguridad.

La TENTACIÓN de dejarse llevar era sugestiva, aportaba un aparente sosiego. Sin embargo, asumía así los riesgos inducidos por los demás.

Entonces descubrió la ENTEREZA de su propia labor. El impulso decisivo de sus brazos no era sustituible, aunque implicado en la labor común.