El riesgo de vivir es a la vez entrañable, azaroso y acuciante. El embarque existencial dispone de pocos camarotes apacibles, que no valoramos con decisión; y abundantes trayectos inseguros a través de los mares encrespados.

 

Las reglas de la naturaleza instauran esa intimidad misteriosa del nacimiento de los nuevos seres humanos. Entrelazados por rasgos de la diversidad cósmica, pero con la genuina espontaneidad del neonato vinculado a su entorno.

 

Las dificultades estimulan el añadido del pensamiento para configurar las actitudes adecuadas. El intelecto no se detendrá en su ideación, proseguirá con sus fantasías y la orientación de sus reflexiones.

 

La agrupación familiar incrementa sus componentes y estos multiplican a su vez los diferentes rasgos físicos e intelectuales. Comprobamos la ampliación de sus dimensiones. El núcleo inicial se extiende con rasgos novedosos.

 

La creciente diversificación amortigua la percepción de las similitudes. Estas no quedan eliminadas, pero el vértigo evolutivo las discrimina. Las ramas desdeñan el tronco.

 

De ahí la paradoja, subsiste el hilo de la familia, real e insustituible; como resorte de la dignidad personal unidos a la raigambre. A la unión le sienta bien la diversidad, no le va la uniformidad artificiosa.