Uno de los sabios de mi pueblo nos comentaba como había encontrado el camino hacia las verdades importantes, por casualidad, como Newton. Acertó con la clave en un acto muy sencillo, al pelar una cebolla.

 

Empezó quitando las capas resecas de la superficie, delgaduchas, además de resecas e insustanciales, de aspecto poco lucido. Esa ligereza enclenque escondía los interiores, entretenía a los molestos agentes exteriores.

 

Ya lanzado, quitaba las siguientes capas. Intuyó que la simple mirada se quedaba corta. La estructura blanca se mostraba frágil, exhalaba aromas sugerentes de contenidos no identificados.

 

La cosa se ponía seria, no cabían distracciones. Las chácharas pueblerinas, rumores y cotilleos, desaparecieron de su mente. Aparcó también muchos sermones, consignas, confabulaciones y miserias. Aquello requería toda su atención.

 

Capa tras capa, se veía obligado a prescindir de teorías ajenas y apasionamientos propios, de obligaciones y aficiones; era intrigante el hallazgo del fondo.

 

Al fin, las pequeñas capas se aglomeraban adheridas en un núcleo blanquecino. Absorto y entusiasmado, con escozor, alguna lágrima y la nariz irritada, es cuando lo entendió casi todo. La cebolla le transmitió el mensaje crucial, lo tenía dentro de su cerebro.