El Feminismo en el mundo rural

La visión que voy a compartir con vosotras es mi visión, la que tengo ahora, la que he ido acumulando a lo largo de los años, es personal e intransferible, mi única pretensión es prestaros durante un rato mis zapatos, para que descubráis caras del prisma que es la realidad que no conocíais.

Yo nací entre vacas, mis padres tenían una ganadería de vacas lecheras, los dos trabajaban como esclavos, mi padre disfrutando del contacto con los animales, mi madre padeciéndolo.

Soy la segunda y última hija, creo que como les habían salido 2 niñas, lo mismo pensaron que mi madre, como les pasaba a algunas vacas, solamente parían hembras, y “no sabían hacer machos”, y no se quisieron arriesgar a parir otra hembra más. Me críe en un pueblo pequeño, donde toda la gente sabe de quién eres y donde vives, en un pueblo que vivía y vive de la agricultura.

Infancia y estudios de veterinaria

Recuerdo la cara de mi madre, entre terror y orgullo, cuando me matriculé en la facultad de veterinaria, también recuerdo la sonrisa incrédula de alguna de mis tías cuando se enteró de la misma noticia, pienso que en sus esquemas mentales que una mujer fuera a la Universidad era una pérdida de tiempo, pero que además que quisiera ser veterinaria, bueno, era casi una aberración, pecado cuanto poco.

En mi infancia, recuerdo que muchas veces pensaba por qué yo no podía hacer lo mismo que mi padre? Y me tenía que ver relegada a las labores de casa, cuando nunca me gustó bordar, ni limpiar y me encantaba cuidar el ganado. Muchas, muchísimas veces pensé que hubiera sido mejor haber nacido hombre, a lo yo misma me recordaba que mi madre no sabía hacer niños.

Cuando acabé la carrera, después de dar algunos tumbos, tuve la suerte de poder trabajar como veterinaria de campo, entre cabras y ovejas.

¿Es el campo más machista que la ciudad?

Durante esa época descubrí que cuando un ganadero avisa al veterinario, realmente está avisando al veterinario, y no a la veterinaria (eso lo intuí por la cara de sorpresa y decepción que ponían cuando aparecía yo en sus ganaderías por primera vez)

También descubrí que, si tú haces tu trabajo correctamente, al ganadero la segunda vez que avisa, le da igual que seas tú u otro compañero, aprende rápido a ver al profesional y se olvida del sexo de la persona.

Cuento esto porque he escuchado muchas veces la creencia extendida que en el campo se es más machista que en la ciudad.

Pude comprobar, en otra época de mi vida que no es así, cuando trabajé como veterinaria clínica en una ciudad grande, en clínicas veterinarias de perros y gatos, si yo tenía un ayudante varón, y la persona que entrará a consulta no me conocía, siempre, siempre, siempre se dirigía al hombre como si fuera el facultativo. Así que el nivel de machismo que he vivido en mis carnes, es bastantes parecido en el campo y en la ciudad.

Dos grandes grupos de granjas

En el campo también descubrí que existían dos grandes grupos de granjas, las granjas donde trabajaba el hombre y la mujer, y las granjas donde solamente trabajaba el hombre y en la mayoría de los casos, la mujer detestaba de forma más o menos discreta la profesión de su marido.

Me dí cuenta que la mano femenina complementa, cierra el círculo, da otra visión, aporta, enriquece, y cuando no está, su ausencia se nota.

¿Qué es el feminismo?

Con todo esto que os he contado, yo nunca había pensado en el término FEMINISMO, de hecho, las pocas veces que lo había hecho, me resultaba muy radical, muy extremista.

Hasta que un día leí por algún libro que llegó a mis manos de forma causal que el FEMINISMO es un movimiento que ha sido creado para que todos los seres humanos tengan los mismos derechos y las mismas posibilidades, independientemente del sexo con el que hayan nacido…

No sé si las neuronas pueden llegar a hacer ruido cuando uno tiene un aluvión de pensamientos e ideas, pero si se hubiera podido escuchar las conexiones sinápticas que yo viví ese día, el ruido que hubiera producido mi cerebro habría sido comparable con una campanada del Big Ben.

Ser feminista rural

Así que, a partir de ese día consideré que yo era feminista, y como además ya era rural, pues no me quedaba más remedio que ser feminista rural.

Para más colmo, cuando yo me puse a tener descendencia, me pasó como a mi madre, se ve que esto de parir solamente niñas puede ser hereditario, parí 2 maravillosas hijas.

Así que el compromiso que me une a la mujer me llega por todos lados, soy mujer, soy rural, soy madre de 2 hijas y he visto muchas situaciones como para poder volver la cara y el corazón hacía otro lado y no intentar hacer mi pequeña aportación en esta causa.

Feminismo en las ciudades vs feminismo rural

El feminismo en las ciudades está más entendido y más extendido. En el campo aún nos queda por entenderlo y por extenderlo.

En las ciudades ya sabemos que existe un techo de cristal, sabemos que el % de CEOs mujeres en las empresas grandes es muy reducido, sabemos que las juntas directivas de muchas de estas empresas, siguen siendo mayoritariamente masculinas, aún sigue sucediendo esto, pero al menos ya lo sabemos.

En los pueblos, la mayoría de los puestos de responsabilidad, ya sean ayuntamientos, asociaciones, cooperativas, cofradías, presidencias de club de tiro al plato y un larguísimo etc, siguen estando en manos de hombres, muy brillante debe ser la mujer para que destaque, y además, tendrá que demostrarlo, aunque afortunadamente, cada vez hay más casos.

Una gran diferencia en relación a la situación de las mujeres es que, en la ciudad hay pocos puestos de responsabilidad ocupados por mujeres, pero las mujeres ya sabemos que podemos hacerlo, que queremos y sabemos hacerlo y solo debemos esperar lo suficiente como para que cale más la idea de que lo importante es la persona y no que su ADN sea XX o XY.

Las mujeres en los pueblos

Mientras que en los pueblos aún no ha caldo este mensaje, aún sigue habiendo mujeres que se autosabotean, que no se permiten brillar, que se sienten atadas por el cuidado de los descendientes y los ascendentes y no creen que estén preparadas para ocupar dichos sillones de responsabilidad, que se posicionan un paso detrás de su pareja, y no se atreven a destacar profesionalmente, bien porque no son conscientes de su potencial, o bien porque teman hacerles sombra a sus parejas.

En los pueblos se sigue dependiendo mucho de la imagen que proyectas. En los pueblos nos conocemos todos y brillar sin el permiso del patriarcado, puede ser una carga pesada de llevar.

En los pueblos muchas las mujeres viven una indefensión adquirida, viven situaciones que les son incómodas, dejan pasar oportunidades profesionales, hacen doble jornada laboral (la remunerada y la invisible) de una forma impuesta, “me ha tocado vivir así”.

Los nichos laborales, sociales, personales que van consiguiendo, son a golpe de empujar un sistema creado para ser dirigido por el varón, blanco, heterosexual, del hemisferio norte y con formación reglada, y en el que se encuentran muy cómodos los afortunados que pertenecen a este exclusivo sector de la población y que no ven motivos suficientes para compartir su libertad y para agrandar el circulo de actuación de las personas que no cumplen sus requisitos.

Reforzar el papel de la mujer

El papel de la mujer debe ser reforzado en la sociedad en muchos ámbitos, por ejemplo en el ámbito de la maternidad. Cuando una mujer pare, todos nos centramos en el recién nacido, en la llegada del bebé, que es importantísima, pero en esa obra de teatro había dos actores, el bebé y la madre que lo parió.

Las mujeres hemos aceptado este papel de actrices secundarias de una forma tal, que entendemos que nuestras necesidades son menos importantes que las del bebé, cuando eso no es real, las necesidades de una mujer recién parida son las mismas que las del bebé que acaba de nacer, pero nadie piensa en ella.

De igual forma tenemos el otro extremo, las mujeres que deciden que no quieren ser madres, como toda la sociedad se permite el lujo de opinar libremente sobre los úteros de estas mujeres, sin pensar que detrás de ese útero, que es uno de los muchos órganos que tiene una mujer, hay un ser completo, que decide libremente qué es lo quiere y no quiere hacer con su vida y cómo quiere hacerlo.

Cuando pienso en este tema, me incomoda llegar a la conclusión que la importancia de nuestra existencia radica en nuestro útero y todo lo que lo envuelve es secundario, porque nadie habla ni se incomoda porque una mujer que decide quitarse la vesícula biliar, ni la miran mal, ni piensan que desperdicio de bilis que se podría llegar a hacer con esa vesícula, no?

Colectivo de mujeres rurales

La población española tiene la siguiente división geográfica, aproximadamente el 80% de la población es urbana y el 20% de la población es rural.

De este 20% último, la mitad son mujeres, lo cual indica que el colectivo de mujeres rurales es el 10% de la población española.

Se trata de un colectivo minoritario, enseñado a estar callado, con unas redes sociales y familiares fuertes que se encargan de poner los suficientes amarres emocionales a las mujeres para que vuelen lo justo.

Es un colectivo tan importante para el desarrollo rural en particular y el desarrollo completo de la sociedad en general, pero tan invisible, que debemos poner foco en ellas, fuerzas, ganas e ilusión y confiar en que esa sabiduría ancestral que tenemos las mujeres que hemos estado en contacto con la tierra, pueda salir a través nuestras y enriquecer y completar a todas las personas que vivimos en la sociedad.

Mujeres rurales, libres y plenas

El mundo rural no se puede permitir seguir circulando en un carro de 2 ruedas, cuando una de ellas está vacía. Esa rueda son las mujeres.

Esa rueda inflada, completa y segura, es necesaria para que sigamos disfrutando de todos los tesoros que nos ofrece el campo.

Esa rueda debe ser vista por ellas y porque una sociedad que mantiene escondido y callado una de sus partes, de ninguna manera podrá llegar a un desarrollo pleno.

Y porque todas esa mujeres que han sido la base sobre la cual nos hemos nutrido todos, deben ocupar el puesto que les corresponde, desde su 10% minoritario o desde su 40% mayoritario… desde donde sea que estén, cada una de las mujeres que vivimos en el siglo 21, necesitamos sentirnos libres y plenas para que la sociedad en su totalidad lo sienta así también.

 

Por Isabel Muñoz Cobos