Elige creer a quien te limita o a tu voz interior que te dice ¡si puedes!

 

Glenn vino al mundo el 4 de agosto de 1909  en Elkhart, Kansas. Allí asistió a la pequeña escuela rural, donde le fue encomendada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego de una vieja estufa de carbón muy anticuada y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.

Una mañana, cuando el pequeño tenía ocho años de edad, al llegar todo el mundo, encontraron la escuela envuelta en llamas, la estufa había fallado y provocó un accidente horrible. Glenn quedó atrapado por las llamas junto a su hermano Floyd y no pudieron salir. Tras un rescate casi imposible, sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Su hermano de diez años de edad no sobrevivió al fuego. Glenn tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo, así que lo llevaron urgente al hospital del condado. En su cama, el niño horriblemente quemado y casi inconsciente, oía al médico que hablaba con su madre. Le decía que seguramente su hijo moriría y que en realidad era lo mejor que podía pasar. El fuego había destrozado la parte inferior de su cuerpo, había perdido toda la carne de las rodillas y espinillas y todos los dedos de su pie izquierdo. Además, su arco transversal quedó prácticamente destruido.

De alguna manera, para gran sorpresa del médico, el niño sobrevivió. Una vez superado el peligro de muerte, volvió a oír a su madre y al médico hablando despacito. Dado que el fuego había dañado de tal manera las extremidades inferiores de su cuerpo, decía el médico a su madre, que estaba condenado a ser inválido toda la vida, sin la posibilidad de usar sus piernas. Discutieron si amputaban o no las extremidades del pequeño. Finalmente y por terquedad de su madre, nadie cortó las piernas de Glenn.

El valiente niño tomó una decisión. No sería un inválido. Caminaría. Pero desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz. Sus delgadas piernas colgaban sin vida. Finalmente, le dieron de alta.

Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control, nada. No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca. Cuando no estaba en la cama, estaba confinado una silla de ruedas. Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco. Ese día en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla. Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas. Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa. Con gran esfuerzo, se subió al cerco. Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco, decidido a caminar. Empezó a hacer lo mismo todos los días hasta que hizo una pequeña huella junto al cerco. Nada deseaba más que darle vida a sus dos piernas.

Por fin, dos años después, en 1919, gracias a las oraciones fervientes de su madre y sus masajes diarios, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego caminar tambaleándose y finalmente caminar solo y después correr. Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante, en la universidad, formó parte del equipo de carrera sobre pista. Y aun después, en el Madison Square Garden, este joven que no tenía esperanzas de sobrevivir, que nunca caminaría, que nunca tendría la posibilidad de correr, este joven determinado, Glenn Cunningham, llegó a ser el atleta estadounidense que ¡corrió la milla más veloz el mundo!

En 1933 recibió el premio James E. Sullivan, siendo reconocido como mejor deportista amateur de USA. Cunningham marcó varios récords mundiales para la milla, los 800 metros y para los 1500 metros. En 1934 estableció el récord mundial de la carrera de una milla y en 1936 el récord mundial en la carrera de 800 metros. Participó en los JJOO 1932 y 1936. En la final de 1.500 metros en Berlín, Cunningham superó el récord mundial pero fue derrotado por Jack Lovelock y recibió la medalla de plata. Cunningham se retiró después que los Juegos Olímpicos de 1940 fueron cancelados.

Fue apodado como “Kansas Flyer”, la “Elkhart Express” y el “Caballo de Hierro de Kansas”.

Acabó sus días de vida el 10 de marzo de 1988, recitando en voz baja el versículo bíblico que lo sostuvo en pie toda su vida: “Pero los que confían en Dios tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán” (Isaías, 40:31)

Vivimos en una sociedad demasiado resultadista y con excesivas voces que limitan tu potencial. No creas a quienes quieren cortar tus alas. Siempre existirá alguien que te susurrará al oído que tú puedes lograrlo. Elige créele… te conviene.

Cada día que vivimos es una oportunidad que Dios nos regala para desatar todo nuestro potencial. Nos fueron entregados dones y talentos extraordinarios y únicos… cada uno los suyos. Estamos llamados a desarrollarlos al máximo nivel. No es una competición de egos, a ver quien lo hace mejor. Es una responsabilidad con la propia vida, con los demás.

 

Mientras unos quieren vivir asustados y con el alma encogida por sus propios miedos, tú y yo debemos despertar y ser luz para quienes nos rodean.

 

Recuerda: TU ÉXITO LO NECESITA QUIEN TE CRITICA… debes triunfar para darle esperanza a quien confiesa continuamente que no se puede. Eres la esperanza de quien vive poseído por sus miedos.

 

Cuándo escuches a alguien decirte que no puedes… ¿eliges creerlo? Te invito a escuchar esa voz que hay en tu corazón que te repite a veces susurrando: ¡Tu si puedes! y haz como Glenn, ponte de pie, sacúdete y camina… da el siguiente paso… siempre pa´lante!